martes, 22 de febrero de 2011

Más allá

-¿Cómo es?
-¿Cómo es qué?
-Pues no sé… -se encogió de hombros.- Esto. Todo…
Se tomó su tiempo antes de responder. No era fácil hablar con su hermana de un tema como ése.
-Es duro. –Suspiró.- Al principio tuve miedo del dolor físico, ¿sabes? Pensaba en todas esas cosas que ya no puedo hacer, como patinar. El mundo no para de recordarte lo mucho que tienes que cuidarte.
Bastó un cruce de miradas para comprender cuán dolorosa era esa situación para todos. Una lágrima resbalo por su mejilla, ahora escuálida.
-Creía que era lo peor que podía pasarme. –Continuó.- Pero luego apareció el otro tipo de miedo, el miedo de verdad: el psicológico.
-¿Recuerdas el día que apareció? –Preguntó con un hilo de voz.
Claro que lo recordaba: el día que recibió por primera vez la quimioterapia. Se pasó la mano por la cabeza para comprobar que no se trataba de una pesadilla. Aquella larga y suave melena que caía por sus hombros se había esfumado.
-No, no lo recuerdo con exactitud. –Mintió.- Supongo que cuando tomé conciencia de todo.
El silencio se adueñó de aquella fría e inerte habitación de hospital. Aquel era el lugar al que más pavor le había tenido en su vida, incluso desde antes de que todo cambiara. Y ahora todo se intensificaba. Miró por un momento la cama vacía que había al lado de la suya. Recientemente había pertenecido a una niña de doce años. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
-Tú... -Balbuceó.- ¿Tú crees que hay vida más allá de la muerte?
Era con la primera persona que hablaba de aquel tema. Ésta se encogió de hombros y la dejó seguir hablando.
-Yo sí creo, pero porque me parece imposible que llegue el día en que mi cabeza deje de funcionar. Dicen que es como estar dormido, pero a veces lo ves todo negro mientras duermes. ¿Eso es lo que me espera, oscuridad? Yo creo que no…
-Yo espero que tampoco.
Segundo silencio. Ella no quiere pasar sus últimos días encerrada en un hospital. Quiere ir a la playa, a sentir aunque sea por última vez el mar en sus pies.
-Mamá ha dejado de fumar. –Gimoteó la mayor.- Se siente culpable…
-Dile que no se sienta así… -Negó con un gesto.- Esta familia siempre ha tenido mala suerte con esta enfermedad. Que no se torture, por favor.
No había terminado de pronunciar la última palabra cuando una enfermera regordeta entró en la habitación, anunciando que la hora de visitas llegaba a su fin. Ambas se fundieron en el que podía ser el último abrazo.
-Hasta el próximo día, pelona. –Trató de bromear su hermana antes de marcharse.
-Hasta siempre. –Se despidió con la mano.-Te quiero.

2 comentarios:

  1. Muy real. Dulce y triste... ¡pero precioso!
    Y pensar que hay tanta gente que lo sufre...
    Un beso y gracias por leer :D

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